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Guerra económica entre US y China: origen y destino





Imagen tomada de Foundation For Economic Education

Escrito en noviembre de 2018


En los últimos meses Estados Unidos —la potencia económica que representa cerca de un 24% del comercio mundial según el Foro Económico Mundial—, se ha embarcado en una guerra comercial con China —que a su vez simboliza un 15%—. Dos gigantes económicos que representan casi un 40% del movimiento comercial se enfrentan. En su encuentro sacuden la economía mundial, pues con sus movimientos se alinean numerosos países que dependen de sus políticas económicas y de sus importaciones o exportaciones.


El enfrentamiento comenzó oficialmente en marzo, cuando Trump impuso tarifas de un 25% sobre las importaciones de acero y 10% sobre las de aluminio con la excusa de garantizar la seguridad nacional y proteger los intereses económicos de la nación. El mandatario hizo uso de la sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, “que permite actuar en caso de una amenaza a la seguridad nacional”. En este caso se argumentó que las fuerzas armadas y ciertas industrias requieren de un suministro nacional de acero que las importaciones estaban poniendo en riesgo. No obstante, Gary Hufbauer —del Instituto Peterson de Economía Internacional—, señala que incluso si los productores nacionales de acero trabajaran al 80% o más de su capacidad, no podrían producir el acero especial que requiere actualmente el departamento de defensa. Curiosamente, la sanción excluyó a Canadá, México, Argentina, Brasil, Corea del Sur y la Unión Europea, es decir a sus principales proveedores de acero. Sin mencionar que Rusia y China, los más afectados por las tarifas sobre el aluminio, exportan menos de la mitad de acero que los países indultados. Ante estos datos, los motivos oficiales del aumento de las tarifas tambalean, revelando que tal vez haya una razón no oficial detrás de esta medida económica. Para descubrirla basta con observar las consecuencias.


Estas medidas, describe un artículo de The Economist, fueron señaladas por China como una violación a las reglas de comercio internacional, por lo que el país asiático hizo una queja formal a la World Trade Organization (WTO), la organización que regula el comercio internacional según normas acordadas por los países miembros. Sin embargo, la WTO no pudo intervenir pues Trump hizo uso del artículo XXI de la reglamentación de dicha organización, que le “permite a un miembro aumentar cualquier tarifa si lo considera necesario para la protección de sus intereses, incluso si no hay evidencia de que las importaciones —de un país extranjero—, están siendo subsidiadas o vendidas por debajo del precio estándar”. Dado que “aquello que amenaza los intereses de un país” es una noción muy relativa, aquel que invoca este artículo puede hacer lo que quiera en términos de tarifas económicas. El hecho de que lo haga Estados Unidos, sienta un precedente que pone en peligro el comercio internacional. Si cada país puede cambiar las tarifas a su antojo no habrá confianza en el mercado.


Las palabras han pasado a las acciones y las sanciones económicas llueven de ambos lados, Estados unidos aumenta las tarifas y China responde inmediatamente con medidas similares, y esto genera una reacción en cadena. Si se considera el mundo comercial como un océano —en el que todos los ecosistemas están conectados—, y a estos dos países como dos ballenas titánicas que ocupan el 40% del espacio, se puede comprender que el más mínimo movimiento de estos dos gigantes genera corrientes que alcanzan los lugares más remotos del océano.

El 22 de Marzo la administración Trump publicó un reporte señalando que las políticas económicas Chinas estaban perjudicando al país, por lo que le encargó a la Oficina del Representante del Comercio de Estados Unidos—USTR en inglés—, una lista de importaciones chinas sobre las cuales aplicar tarifas más altas como una forma de penalización. Esta primera lista, con más de 700 productos valorados en 32,3 billones de dólares, incluyó maquinaria, computadoras, impresoras, plásticos y motores de carros. Entró en vigor el 6 de Julio.


De acuerdo a The Economist la USTR pensó cuidadosamente esta lista con el propósito de reducir el impacto en los consumidores y aumentarlo en las exportaciones chinas. Es por esto que el 95% de los artículos de la lista fueron bienes intermedios, es decir materiales que serían usados en la elaboración de otros productos; “esto disminuiría el efecto inmediato en el precio para los consumidores americanos”. Así mismo, el artículo señala que la USTR se preocupó de que las empresas afectadas pudieran buscar fácilmente otros proveedores para evitar los costos. Según el Centro de Comercio Internacional, China representa solo el 8% del total de las importaciones estadounidenses de los productos afectados. Sin embargo, cambiar de proveedores y reconstruir la cadena de suministros podría ser más fácil de decir que hacer, costándole a las empresas americanas tiempo y costos que sus competidores no deben afrontar. Sin mencionar que, según Yang Liang del Peterson Institute for International Economics, los 3,6 billones de dólares en semiconductores importados desde China, provienen en su mayoría de filiales estadounidenses en dicho país. Sucede lo mismo con otros productos intermedios afectados, un porcentaje de estos son producidos por filiales estadounidenses en China.


El 15 de Junio, China respondió con sanciones sobre una lista de importaciones estadounidenses valoradas en 29,6 billones. La soja, el petróleo y los motores de carros fueron los más afectados. La medida entró en vigor el 6 de julio, el mismo día que la lista de Trump. Los productos de la lista china, en contraste con la de su rival, fueron en su mayoría alimentos, muchos de ellos provenientes de estados de tradición republicana. Dado que una buena mayoría de los seguidores del mandatario estadounidense son de origen rural, el aumento a los impuestos sobre los agrícolas importados agrícolas pudo estar enfocado a debilitar la autoridad del presidente y motivar a los agricultores y las empresas productoras a persuadirle de detener la guerra comercial. Aunque en tono diplomático, el gobierno chino ha anunciado que no dará el brazo a torcer y responderá con igual fuerza a las sanciones sobre sus exportaciones.


Sin embargo, en una guerra tarifaria, China es quien tiene menos margen de acción. Mientras que Estados Unidos importó 505 billones en productos chinos en 2017, el país asiático importó 130 billones de dólares en productos del país norteamericano. Esto no quiere decir que no pueda tomar represalias por otros medios. De acuerdo con CNN, Beijing podría implementar diversas “técnicas” para tomar represalias contra compañías americanas: retrasar sus importaciones en aduanas, intensificar los controles regulatorios de sus operaciones, lanzar campañas para disuadir a los consumidores de comprar sus productos y acordar con las empresas Chinas el reemplazo de productos de origen americano.


Como una sanción adicional se ha mencionado que el gobierno asiático podría imponer tarifas más altas a exportaciones con destino a Estados Unidos que provengan de un tercer país, si bien esta práctica es considerada ilegal por la WTO, China hace notar que ya que Trump no sigue las reglas, no hay razón para que esta lo haga.

La respuesta de Trump no se hizo esperar, en Julio amenazó con aumentar las tarifas de importación sobre 200 billones en productos chinos. A pesar de las protestas de múltiples empresas norteamericanas, la amenaza se hizo vigente el 24 de septiembre, fecha en la que se empezaron a aplicar impuestos sobre 250 billones en importados, más de la mitad del total de los artículos de origen chino. Esta medida se implementó con una tarifa del 10%, porcentaje que a partir del 1 de enero subirá a un 25%. En esta ocasión los impuestos tendrán un impacto inevitable en los consumidores. “Estas tarifas tendrán que ser pagadas por las familias trabajadoras que impulsan nuestra economía”, dijo Jonathan Gold, portavoz de un grupo de negocios llamado Tariffs Hurt the Heartland que se opone al aumento de las tarifas; “las tarifas son impuestos, al aumentarlos el costo de administrar una granja, una fábrica o un negocio, va aumentar.


Por su parte, China ha prometido tomar represalias con nuevos impuestos sobre 60 billones en productos de origen americano. Según The Washington Post, Trump ha dicho que si eso sucede, el mandatario “empezaría inmediatamente el proceso de aprobar tarifas sobre 267 billones más en importaciones chinas, es decir se aplicarían tarifas especiales al total de las importaciones provenientes de dicho país”.


El mandatario ha dicho que estas sanciones podrían ser retiradas si China accediera a sus demandas, que incluyen una apertura del mercado chino, reducción de las tarifas de importación y cambios en el plan Made in China 2025. Según describe la experta en economía internacional Kristen Hopewell, quiere intervenir su programa Made in China 2025, que apunta a que el país asiático pase de ser un productor de manufacturas de baja y media calidad, a un productor de artículos de alta tecnología. Según The New York Times, muchas compañías en Europa y Estados Unidos temen que el programa impulsará empresas subsidiadas por el estado, este temor ha tenido eco en la administración de Trump. Esto no le conviene pues el país se especializa en el desarrollo de artículos de alta manufactura y si China sigue creciendo, podría convertirse en un serio competidor.


Según The Washington Post, si bien las importaciones chinas ascienden a 505 billones, un aumento de los impuestos sobre esos productos no significan una seria amenaza para el desarrollo económico de China. De acuerdo con la economista Kristen Hopewell, Estados Unidos ya no tiene el poder para controlar el mercado del país asiático, “la estrategia de Trump sobrestima la dependencia de China del mercado estadounidense, que solo representa un 18 por ciento de sus exportaciones —más de un 80% van a otra parte—”.


Esto no quiere decir que eventualmente no se cumplan los objetivos del mandatario. Como describe un artículo del Foro Económico Mundial, tal vez Trump solo haya desatado un enfrentamiento que llevaba tiempo preparándose, un conflicto ideológico. Estados Unidos se ha quejado de las políticas industriales chinas, de los impedimentos para acceder al mercado, del déficit fiscal, y de que dicho país ha robado propiedad intelectual de empresas norteamericanas. “Desde la perspectiva de Estados Unidos, en el modelo económico de China, el Estado lidera el desarrollo económico en muchos sectores claves de la economía”, esto va en contra de los fundamentos de la World Trade Organization, es decir en contra del liberalismo y la política de intervención reducida del estado en el desarrollo económico. Según la publicación, estas diferencias llevarían al país norteamericano a separarse comercialmente de su socio.


Esta separación puede resultar contraproducente. Si bien la economía de Estados unidos es la más grande del mundo, no es susceptible de fallas; el tiro puede salir por el lado equivocado. A diferencia de China, el modelo económico estadounidense depende mucho más de proveedores externos para fabricar sus productos finales, es decir que de no tener cuidado con sus políticas de intercambio comercial internacional, el gobierno podría terminar deteniendo el desarrollo económico y generando el temido fenómeno de la inflación. Según Dmitry Grozoubinski del Centro Internacional de Intercambio y Desarrollo Sostenible, una guerra comercial conlleva “explotar tus propias ciudades y soplar el humo resultante a través de la frontera con la esperanza de que les piquen los ojos".


Ante este panorama, el futuro de la economía mundial es incierto. La tensión, la angustia y la desconfianza invaden el panorama comercial internacional, describe un artículo del Foro Económico Mundial. El sistema de intercambio basado en normas de común acuerdo a nivel mundial peligra. Lo que más incertidumbre genera es que “Estados Unidos, el guardián tradicional del sistema, es el que está armando alboroto; subiendo tarifas y pidiendo a los países que compren más y exporten menos, la administración de Trump deja claro que no juega según las reglas usuales” declara Wendy Cutler, vicepresidenta de Asia Society Policy Institute.


Este puede ser el preludio de una crisis o una oportunidad para que otros países entren en escena y tomen la delantera, un cambio en el orden económico mundial. Mientras los precios suben -presagiando inflación- y antiguas relaciones comerciales desaparecen, nuevas rutas comerciales nacen y se forjan nuevos vínculos. Volviendo a la metáfora del océano, los efectos del enfrentamiento hacen eco en el ecosistema económico mundial, destruyendo y convirtiendo antiguos esquemas en escombros que tal vez sumerjan al ecosistema en una época oscura o tal vez dejen espacio para que nuevos sistemas sean creados. Lo único seguro es que los efectos secundarios de esta guerra económica seguirán siendo visibles por años, tal vez décadas.

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