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La bruma




Letras, letras sin más, surgen de mi mente a raudales, buscando orden y lugar, buscando un significado que encerrar. ¿Cómo puedo ponerle cerco a un significado si no puedo definirme a mí mismo? Estoy rodeado por una bruma espesa que se aferra a mí, me asfixia. Arrastrado por la turbulencia monocromática de esta sombría sensación no distingo la luz de la sombra, todo yace cubierto por una capa de polvo espesa que entra a través de mis ojos y cubre mi interior. Todo se siente tan apacible y oxidado, como si el reloj del tiempo que rige la vida se hubiera atorado, aislándome de todo y cubriéndome de nada.


El tiempo se escurre en el reloj con una pasmosa calma, un presentimiento de fatalidad se cierne sobre mí; las cosas no son como se supone que sean, el mundo brilla con colores desteñidos, pálidos. Su magia destella con debilidad mientras es drenada una y otra vez sin descanso por un torbellino de imperturbable luz estática.


Y de repente nada… solo una estancia vacía, solo queda el observador. El ser contempla el interior y se siente vivo, pero existiendo en un cuerpo que no le pertenece, en una mente abandonada, olvidada y cubierta por recuerdos resquebrajados de traslucido color. Sus ojos ven sin brillar, sus oídos oyen sin inmutarse, su cuerpo se limita a existir en un movimiento cíclico, mecánico.


¿Será posible romper el hechizo que somete al observador a un sueño sin brillos ni empeños? La llama de su espíritu es fuerte, acostumbrada como está a enfrentarse a las olas cambiantes de la maligna inexistencia, sobrevive con tenacidad un día a la vez, un segundo más… esperando el momento oportuno para levantarse y consumir la negrura en un remolino de fuego cálido y arrollador.

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